lunes, 11 de enero de 2010

VIAJE EN TREN


El tren continuaba su marcha. Con el suave y rítmico ajetreo, ligeros temblores y mirada al frente, el tren recorría el paisaje que le rodeaba dejando flashes por la ventanilla que daban testimonio de la ristra de postes de luz y teléfono que se perdían en el atrás y el ayer.
En su asiento, Amelle mantenía la vista clavaba en la ventanilla. El viento quedaba al otro lado del cristal; y las nubes; y las casas esparcidas aquí y allá; y la paciencia, la cautela, la sensatez y la calma, porque el tren avanzaba, no se detenía y, desde luego, Amelle, por nada del mundo, querría que se detuviese.
Su corazón estaba frenético. Era un motor acompasado con la maquinaria del tren, un latir incesante que ascendía un nudo de canguelo y nervios hasta incrustarse en la garganta de la muchacha que por momentos se echaba a reír y por momentos se quedaba inmóvil en su asiento, casi congelada.
Llevaba una blusa oscura y un pantalón a juego, prietos a su piel hasta temer que la asfixiaran. ¿Por qué tardaría tanto el tren en llegar a su destino?, se preguntaba a veces. Claro que, instante después, se arrepentía y consultaba el horario de trenes para saber cuándo partía el de regreso a casa.
Iba y venía; se levantaba y se sentaba; revolvía su bolso y lo dejaba de nuevo; miraba la ventana, el asiento delantero, el techo, las manos, los pies… ¡Qué locura!

Por que era una locura aquel viaje, aquel intempestivo viaje. Y aún más que dejase de ser un sueño y una fantasía y se tornase realidad. Y aún más que se hubiera atrevido, pero… ¿cómo no hacerlo? ¿Cómo aguantar la incertidumbre, las ideas acechantes? ¿Cómo soportar, por más tiempo, las conversaciones lejanas, las miradas imaginadas, la mano que se cerraba sin encontrar la suya?
El tren proseguía, poco a poco, rápido o lento, según tocaba ser asustadiza y con sentido común o arrojada y apasionada, pero proseguía. Kilómetro a kilómetro, cada vez más cerca, concentrando las casas en pueblos, los pueblos en ciudades y el paisaje en paredes de cemento y cristal que configuraban la estación de tren.
Era el final del viaje.
Se detuvo… –¡el tren, no su corazón, si bien faltó poco!– y se puso en pie, más por los nervios que por pensar en descender. No estaba preparada. ¡No lo estaba! De verdad, se dijo, ¿a que hora sale el próximo para su casa?
A través de la ventanilla, un tropel de personas, hombres, mujeres, niños, se cruzaban unos con otros cargados con sus maletas, yendo y viniendo, viajando y regresando.
Temblando, porque para su horror y certidumbre, estaba temblando, agarró su maleta y tragó saliva. Era el momento. ¿Verdad? Sí, tenía que hacerlo. ¡Debía hacerlo!
Avanzó por el pasillo a trompicones –¡pero qué torpe se sentía, por favor!– y descendió hasta el andén. No se atrevió a mirar al frente, porque igual se lo encontraba y necesitaba tiempo. Escoltado por dos trenes, el suyo y un amigo, recorrió la pista de cemento hasta llegar a la zona de espera. ¿Estaría allí?
Tímidamente, reunió al fin el valor para alzar la vista. Recorrió la gran sala y encontró a hombres de toda variada fisionomía, pero no la suya. ¿Dónde estaría?
Con un puño estrangulándole el corazón, temió que, quizás, no había querido acudir al final, pero… ¡calla! Ahí estaba.
¡Era él!
Olvidando todo lo anterior, soltó la maleta que cayó muerta al suelo y corrió hacia él, arrojándose a sus brazos con una fuerza y deseo que apenas había creído posible.
Al fin podía tocarle y comprobar que era real.
Se besaron largamente y, cuando al fin ambos recobraron la respiración, él dijo su nombre.
Ella sonrió sin responder más que con un leve asentimiento. Temía parecer tonta, pero no lo pudo evitar.
Estaba llorando.

1 comentario:

  1. Ojala yo tuviera el valor de esa chica para hacer esas cosas.¿este relato está dedicado a alguna chica especial?

    Classic_girl....

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