lunes, 4 de enero de 2010

SUPERHÉROES


Soy un superhéroe.
Hace muchos años un accidente de laboratorio me dotaron de poderes sobrehumanos que me llevaron a la indudable decisión de dedicarme, en cuerpo y alma, a combatir el Mal allí donde acechase. Pero tal vez es que pertenezco a una milenaria raza de hombres hasta ahora ocultos a los ojos de la Humanidad. O quizás proceda de un mundo ya destruido, el último hijo de aquel planeta que, por azar del destino, fui adoptado por una familia de terrícolas inculcándome valores de justicia. También puedo ser un millonario con múltiples recursos financieros y una fuerza de voluntad de hierro. O un mutante nacido con extraordinarias habilidades. O un extraterrestre metamorfo. O un androide de estrambótica apariencia.
Soy todos ellos o ninguno pero, ante todo, soy un superhéroe. Vivo en un mundo de cuatricomías donde el Bien es el Bien y el Mal es siempre el Mal. Soy ese héroe que jamás falla; que defiende los valores tradicionales, de intachable conducta y puro corazón; que desconoce las dudas o el miedo; amado por una novia eterna tan acostumbrada a ver su vida en peligro como a mi rescate oportuno en el último instante; odiado por su archienemigo, un ridículo y triste personaje que suele dar largas peroratas pregonando la habilidad de sus planes para dominar el mundo o sus artimañas para acabar conmigo; el aguerrido y atractivo hombre cuyos puños describen sonoras onomatopeyas y se despide de sus agradecidos conciudadanos con aplausos, las llaves de la ciudad y la mirada soñadora de la chica enamorada que jamás logrará llevarme al altar y se contenta con verme marcharme por el horizonte para refugiarme en mi guarida secreta.
Soy un superhéroe.


El mundo ha cambiado con el trasiego de los años y los colores planos han dado paso a una amalgama de tonalidades tan atractiva como compleja. Sigo siendo un héroe, pero no siempre me comprenden. Lo doy todo, mi vida, mi sudor, mi corazón y, a veces, trozos de mi alma, pero no es suficiente. Nunca es suficiente, porque ya no hay malandrines a los que golpear, sino asesinos, chantajistas, traficantes de armas, supervillanos que rivalizan conmigo en inteligencia y recursos. He sido arrojado del pedestal dorado que me convertía en un dios para transformarme en un mero humano con perfectas intenciones y demasiados defectos. Ya no tengo puños de hierro, sino de carne que a veces fallan, a veces derriban y a veces son devueltos con mayor fuerza de la que puedo resistir.
Mi máscara me pesa. Es un lastre, una losa sobre mis hombros con la que cargo día a día y a la que sólo le falta grabar mi nombre. Este es un grisáceo mundo donde el mal se ha de escribir en minúsculas, puesto que ya no se diferencia tanto del bien. Y yo, inmerso en este mundo, que me sangra, que me consume, añoro en ocasiones los tiempos de mi infancia en los que todo estaba claro, pero no hay vuelta atrás, puesto que si ellos son más fuertes, asumo y comprendo que yo también. Como si existiese una fuerza más allá de mi rectangular vida, me he vuelto inmortal pese mis heridas, un ganador pese mis derrotas, un héroe que sabe que lo es pese las dudas de los demás.
Soy un superhéroe.
O quizás ya no, porque soy de esa clase de superhéroe cuyos defectos superan las virtudes, cuyo lenguaje se construye con tosquedad y tacos, que disfruta siendo el mayor cabrón de un mundo regido de cabrones y que siempre golpea más, más fuerte y por más tiempo. Mata o estarás muerto. No sé si soy un héroe ni me importa. Soy como un asno cegado por una plebe que ansía tipos duros, hipermusculados, violentos, prepotentes, lascivos y sin escrúpulos. El mío es ese jodido mundo donde prima el rojo sangre, el amarillo orín y el ocre mierda. No respondo ante nadie, porque nadie merece estar por encima de mí. ¿Soy un héroe o un villano? ¡A quién le importa! Lo único que merece la pena recordar es que soy el que queda en pie tras acabar con todos los demás. ¿Quién me hará frente ahora? ¿A quién rendiré cuentas? A nadie, porque vivo en un mundo de anarquía donde reina Doña Simpleza y cuyos hijos son niños henchidos en heroína y sus hijas son violadas por alguien que pronto se convertirá en una mueca en mi cinturón. Es la selva, donde debemos matar, donde al fin se disfruta del sexo plenamente, donde nos alimentamos de los gritos rugientes de todos aquellos que nos observan interpretar nuestro papel en esta tragicomedia sin sentido ni argumento. Somos una caja de brillante envoltorio que contiene humo y espejos, por lo que nadie está en su derecho de culparme de ser su histriónico reflejo.
Soy un superhéroe.
Esta vez, de nuevo, lo soy. Quizás nada visto hasta ahora. Quizás no todos estén de acuerdo, pero lo soy. He vivido mil vidas en una; he tenido mil comienzos; mil oportunidades; mil regresos a mis orígenes que me permitió reescribir mi pasado y olvidar muchos de mis avances. De nuevo he recuperado mi traje de mallas, mi sonrisa por un amanecer nuevo, por un mundo que conjuga explanadas de brillante y puro color con rincones donde se cobijan los bajos instintos y terribles acciones. Nunca ha sido tan compleja la vida, ni tan variada, ni ha guardado tantos matices. Muchas veces me pregunto el sentido de estas aventuras sin sentido, y otras, me estremezco ante momentos que me han mantenido en vilo durante semanas y meses. A veces me veo impelido hacia historias cuya resonancia mediática no parece acorde con lo que transcendió en sí, como si todo fuera parte de una campaña comercial cuya sonoridad impidiese cambiar de verdad las cosas, pero no puedo dejar de recordar que, cuanto más cambian las cosas, más parecidas se quedan. Al fin y al cabo, es inevitable. ¿O no? Como si fuese una criatura inmortal, incapaz de envejecer, siempre me veo joven, siempre inmutable por más que mis ahijados y compañeros maduren hasta alcanzar esa eterna juventud que nos permite sobrevivir al paso de las décadas y el trasiego de los años que lo cambia todo, menos a nosotros. Son otros años, pero, en cierto modo, son los de siempre. Un guardián de la Justicia, un defensor del Bien, un vengador de los dañados. Un salvador de mundo.
No soy un superhéroe.
No lo soy, porque no lo puedo ser. Nunca tuve esa suerte. Nunca tuve la fortuna de sufrir un accidente de laboratorio; ni provengo de otro mundo; ni arde en mi interior el deseo de vengar el asesinato de algún familiar; ni soy mutante. No soy sino un chaval cualquiera aficionado a los comics que sabe que sería un magnífico superhéroe si hubiera tenido la oportunidad.
Nunca tuve esa suerte y, por eso, no colaboro en ninguna ONG, puesto no puedo lanzar rayos con las manos; ni podría ayudar a mis vecinos al no tener superfuerza; ni me presento voluntario para nada ya que no poseo poderes telepáticos; y siempre resulta preferible irse de fiesta a emplear la noche estudiando y preparándose para un examen.
Así, cada semana acudo puntualmente a la librería de comics donde cargo con las aventuras de mis héroes favoritos, me encierro en mi habitación y disfruto con estas emocionantes historias en sus mundos llenos de magia e ilusión.
Y, de vez en cuando, aparto la mirada del papel y me lamento: ¡Ojalá hubiera podido ser un superhéroe!

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