jueves, 21 de enero de 2010

REFUGIO



Malherido, alcancé mi casa y sólo el sonido de la puerta cerrándose a mi espalda me concedió un instante de sosiego. Aún con la mano sobre la cerradura, temiendo que se abriera para enfrentarme con el rostro de la Luz Muerta, hice acopio de fuerzas para no llorar de cansancio, de tristeza, de pesar, de desilusión. Cuanto menos, lo había intentado. Pude caminar bajo la luz del Sol, respirar el aire libre, encontrarme con rostros que creí amigos y sentir cómo la Vida me rodeaba...
Hasta que, repentinamente, sin más, apareció la Luz Muerta y me lo arrancó todo. Apenas pude sobrevivir y sólo un milagro que no necesitaba ni quería me permitió llegar hasta allí, a salvo de todos de mí mismo.
Ni en el vestíbulo me sentí a salvo. Aún no era suficiente. Arrastré mis lágrimas por el pasillo para internarme en mi habitación, acurrucándome al pie de una ventana cuya persiana estaba casi bajada del todo. Sólo un resquicio de luz, como una línea blanca, me cruzaba el rostro, matándome lentamente y haciéndome recordar:
Que más allá de las paredes de mi escondrijo aún no era de noche, que aún no habían muerto todos los sueños y que yo siempre sería un maldito y un paria del mundo.

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