miércoles, 6 de enero de 2010

LA MIRADA SUCIA (0)


Por ahora, nadie me seguía.
Me costaba grandes esfuerzos apartar la mirada del espejo retrovisor de mi coche, comprobando, siempre con el alma en vilo, que la carretera que dejaba a mis espaldas siguiese tan desierta como segundos antes.
Tenía los nervios a flor de piel y me removía inquieto en mi asiento, siempre tenso, siempre expectante. Tras comprobar, otra vez más, que seguía a salvo y libre de ellos, pude observar en la imagen reflejada el triste estado en el que me encontraba. Apenas era un recuerdo de mí mismo. Me costó reconocerme.
Bajo la mata de pelo enmarañado y sucio, mis ojos aparecían enrojecidos por las lágrimas y mi boca temblaba presa de un tic nervioso del que no me había percatado. Me forcé a cerrar la boca apretando los dientes. Estaba asustado, cierto, pero la rabia y el odio más encarnizados seguían acumulados dentro de mí sin mediar una forma de salir a la luz para liberarme de aquella presión. Mi único alivio fue cambiar de marcha y apretar al máximo el acelerador. Seguían sin perseguirme, pero quería desahogarme con aquella sensación de libertad a través de un motor recién reparado que rugía en el atardecer de una carretera nacional, una de tantas que dividía grandes campos de cereales que, con la luz menguada, casi extinta, no eran sino gigantescos parches rectangulares que se alternaban en tonos ocres y marrones hasta perderse en el horizonte.


El viaje prosiguió por un buen rato sin incidentes. Los únicos con los que me topé en mi huída fueron los escasos coches que me devolvieron un guiño en forma de cambio de luces y que pronto se perdieron tras de mí.
Podría haber pasado ya una hora desde que saliera de la maldita casa, pero aún no estaba tranquilo. No había más que contemplar mi aspecto, sucio, ajado, con la camisa convertida en jirones húmedos por el sudor y un rostro que, sólo de lejos, podía recordar al mío.
Me obligué a recordarme que todo lo acontecido no fue sino algún tipo de espejismo tan real como lo son cualquier pesadilla creada por obra de la imaginación. Porque aquello no pasó. No era posible.
No fueron sino sofisticadas alucinaciones.
Me limpié las lágrimas y el sudor que cubría la frente con la manga de la camisa y disminuí la presión de mi pie sobre el pedal. Era tiempo de recomponerme, de recuperar algo de temple y pensar con más claridad.
Los datos, físicos, medibles, observables e incuestionables, estaban ahí. Por todo ello no debía preocuparme por fantasmas y criaturas extrañas, sino por otra cuestión, no menos grave. Y es que si había tenido alucinaciones, ¿qué las creó? ¿Cómo pudieron aparecer? ¿Tal vez eran los primeros síntomas de…?
Un puño seguía atenazándome el estómago, y no era por el dolor físico. Eso lo tenía superado, pese a que no hubiera sido de extrañar que tuviese un par de costillas fracturadas. Y mi herida en la mano había adquirido un tono entre amarillo y violeta oscuro que no me gustaba nada. No importaba. Por ahora, nada de ello podía importar tanto como simplemente alejarse de aquella casa y poner kilómetros de por medio.
Debió pasar más de una hora antes de que disminuyera la velocidad del coche. Necesitaba tranquilizarme, reposar un poco una cabeza que me daba vueltas. Las náuseas crecían en intensidad por momentos, haciéndome creer que estaba a punto de vomitar, si bien siempre desaparecían hasta minutos más tarde.
¿Cuánto hacía que no comía? ¿Sólo unas horas? ¿Tal vez días? Había perdido la noción del tiempo y me costaba estar seguro del día en el que me encontraba, pese a que mi rutina de trabajo se veía comprimida y seccionada en la PDA que yacía en el asiento del copiloto junto el maletín abierto por donde asomaban los catálogos de ventas, mi bote vacío de cerveza y un paquete de cigarrillos arrugado. En cualquier caso, tras asegurarme de que, efectivamente, seguía sin tener a nadie acechándome en la espalda, reduje la velocidad y proseguí a un ritmo más pausado. Quizás así mi corazón recuperara el ritmo, mi respiración se ralentizara y no sufriera un infarto.
Proseguí por aquella monótona carretera carente de toda edificación hasta que, tras girar una suave curva, perdí el control de mi coche. No sufrí ningún derrape ni caí por la cuneta. No todavía. Simplemente, ni el volante ni los pedales me obedecían, siendo dirigidos por alguien.
Por alguien.
Aún incrédulo por aquel fenómeno, me obligué a reaccionar del único modo que era posible, empujando con todas mis fuerzas el volante –que no cedió un ápice– y presionando el pedal del freno –que ignoró mis desesperados esfuerzos–.
No temí sufrir algún aparatoso accidente, ya que la velocidad había descendido hasta no superar los veinte o treinta por hora. A mi alrededor, la nada: un paisaje brumoso por aquella joven noche cuya Luna apenas despuntaba a lo lejos y una zona despoblada a ambos lados de la carretera con campos por todas partes.
Con una especie de pesar hacia lo que ya consideraba inevitable, accioné el tirador de mi puerta. Como única respuesta el coche giró bruscamente de dirección y atravesó el arcén y la berma. Con un estrepitoso vaivén, mi coche superó la cuneta y se metió campo través, siempre a velocidad lenta, siempre llevándome a su merced.
No fuimos muy lejos. Apenas medio centenar de traqueteos que bien hubiera podido cargarse la dirección del vehículo, el coche disminuyó la velocidad hasta casi marchar al ralentí y nos detuvimos. Y justo a tiempo, porque a escasos centímetros del parachoques quedaba una torreta de metal de aspecto muy sólido.
Aún confuso y anonadado, tardé en reaccionar. Por espacio de un par de minutos pareció que la calma había regresado a mi vida, pero no había nada más lejos de la realidad, si aún tenía credibilidad para hablar de lo que era real o no.
Siempre con las manos sobre el volante, agarrándome al mismo como si temiera que se abriera algún agujero bajo mis pies y me arrastrase, oteé el espacio a mi alrededor. La noche se me había echado encima y había una Luna casi llena en el horizonte, iluminando con una lechosa luz un paisaje campestre que presagiaba una larga caminata hasta hallar cualquier ayuda posible capaz de remolcarme, si bien no me cabía duda de que ni aquel iba a ser mi problema inmediato, ni mi accidente tenía nada de accidente. De hecho, bien cargado de paciencia, aguardé lo que tenía que suceder.
No por esperarlo me sobrecogió más, pero ambos faros delanteros estallaron de repente sin razón alguna. Con el corazón en un puño, traté de mirar por encima del salpicadero qué causó aquello, pero me fue imposible. Sin darme tiempo a reponerme del susto, la rueda delantera izquierda reventó con un sonido explosivo.
Mantuve la mirada al frente y ambos lados, si bien mi mano izquierda se dirigió de inmediato hacia la manivela para cerciorarme de que seguía prisionero en mi propio coche. Estuve a punto de probar mejor suerte en la otra portezuela, pero, apenas me había soltado el cinturón de seguridad, escuché un sonido agudo, casi chirriante y, ante mi asombro, vi cómo el capó se doblaba por ambos lados como si fuera una hoja de papel. Las mismas manos invisibles, tan enormes y fuertes como las de una prensa de descuaje, tomaron el morro delantero y comenzaron a arrugarlo. Cada pieza de metal, cada junta, cada tubo de goma y cada sección fue comprimida y retorcida por la presión intensa. Era pura plastilina en manos de un niño juguetón, con la diferencia de que yo estaba dentro de su molde y no sabía cómo salir.
El aplastamiento no se detuvo en el motor, esa gigantesca maquinaria de combustión que se había llevado casi mil euros de euros que apenas tenía. Tras despedazar y estrujar el morro del coche, una fisura apareció en mi parabrisas con un leve chasquido como anuncio previo. No tardaron en originarse nuevas fracturas que conformaron una compleja telaraña que alcanzó los confines del marco, resistiendo a duras penas las terribles fuerzas que en ese momento presionaban no sólo el morro del coche, sino la puerta a mi lado y, aún, el mismo techo, ya curvo.
Un zumbido me desconcertó. Miré en torno mío, pero no logré identificar aquel sonido pese a serme tan familiar. Era una canción musical, la que sonaba en mi móvil cuando alguien me llamaba. Aún idiotizado, miré la chaqueta que, impecablemente planchada, colgaba sobre el respaldo del asiento del copiloto y saqué el móvil. Era de un número sin identificar. Apenas descolgué, una voz indefinida me dijo:
–Si no quiere morir, vaya al asiento posterior.
Colgó de inmediato, justo mientras el parabrisas cedía a la presión y reventaba partido en dos desperdigando mil pequeños trozos de plástico que salieron disparados en todas partes, incluyendo mi cara. Aquello bastó para hacerme reaccionar y, trastabillando, obedecí el mandato anónimo y me apresuré a cobijarme en los asientos posteriores. Apenas me hallé allí, y mientras la parte delantera era reducida a un cubil metálico cada vez más pequeño, golpeé por varias veces el cristal de la ventanilla, sin lograr nada más que destrozarme el tobillo. También allí accioné la manilla de la puerta con idéntico resultado.
Más por rabia que por esperanzas, me recogí en el asiento con el único fin de poder impulsarme y así aporrear con todas mis fuerzas la ventanilla, mas ésta se rompió sin que yo hiciera nada.
El techo del coche ya era un amasijo de bultos que se replegaba sobre mí amenazando con aplastarme si no escapaba por algún hueco que no descubría.
Fue una suerte que se detuviera ahí, si bien yo seguía atrapado en un coche aplastado por no se sabe qué fuerzas. Cuanto menos, seguía vivo y respiré aliviado.
Y fue mala suerte que, pese todo lo vivido, aún fuese lo bastante imbécil como para creer que no habría algo más. Y ese algo más fue escuchar un crujido ensordecedor al que siguió la torreta de metal junto la cual estaba estacionado que se partió en dos cayendo la sección superior sobre mi techo.
Hubo un primer temblor en el coche. Le siguió otra rueda más que reventó. Luego el silencio y la calma. Y, ya por último, la continuación de lo ya vivido, con el techo cerniéndose sobre mí de tal forma que me vi obligado a esconderme en el último reducto que tenía libre: el hueco en el suelo, mientras todo a mi alrededor se comprimía, se retorcía y se volvía oscuro, sofocante y peligrosamente claustrofóbico.
Continuará

1 comentario:

  1. No esta mal, pero este relato me aburre a trozos....solo te doy mi opinión sincera, tu vocabulario es fantástico y el relato es misterioso pero le falta algo..no se si es que es muy largo no lo se...=)

    Classic_girl

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