domingo, 31 de enero de 2010

FLASH

Apareció así, sin más. A medida que subía a la línea del metro, ella descendía. Por un instante, nuestros cuerpos se rozaron y mis ojos toparon con los suyos.

Hubiera querido saludarla, preguntarle cómo se llamaba, a qué se dedicaba, su número de teléfono, dónde había estado toda mi vida. Pero no sucedió así. Apareció y se alejó rápidamente, como huyendo de un destino que no hubiera podido ser más perfecto.

Mientras las puertas del vagón se cerraban, apoyé una mano en el cristal y volví a contemplarla. Sería la última vez que nos viésemos, lo sabía. Allí la tenía, a escasos metros, con su media melena oscura, su sonrisa radiante, sus menudas manos y mi corazón entre ellas.

Un ronquido, un traqueteo y el tren despegó de las vías para seguir rodando y cumplir con su cometido. Alguien debió advertir al maquinista que parte de mí se quedaba en el andén.

Adiós, susurré para mis adentros. Ella se convirtió en un punto oscuro emborronado por la lejanía y mi pesar. Pronto en un deseo frustrado. A la noche, en un motivo para no dormir.

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