jueves, 7 de enero de 2010

EL CÍRCULO DE PETER PAN


Artículo publicado en Best of Marvel Essentials: Hulk, El regreso del Monstruo. Editorial Panini.
¿Con qué soñará Bruce Banner?
Robert Bruce Banner nació y creció bajo la marca de la perdición. Su infancia fue dura, cruel e injusta, juzgado continuamente por la mirada acusadora de su padre, convencido de que aquel niño portaba en su interior la impronta del monstruo.
Brian Banner, brillante físico, sentiría en sus carnes la presión atroz del trabajo que le impulsaría a desahogarse con la bebida. Embebido con el alcohol, sufriría un accidente con una maquinaria que sirvió de espoleta para su particular delirio, el convencimiento de que había quedado estéril en el mejor de los casos. En el peor, cualquier hijo suyo nacería deforme, mutado. Pero Bruce no parecía mostrar síntoma o anormalidad alguna. Más aún, en sus primeros años, su inteligencia se acentuaría hasta hacerle sobresalir frente los demás niños. Para aquel hombre obsesivo, aquello no era sino la confirmación de lo que siempre supo.

Tanto su esposa, Rebecca, como el propio Bruce sufrirían pronto la cólera y frustración de Brian. Primero, con sus insultos y enfados; luego, con las primeras bofetadas; por último, con palizas. A sus ojos, Bruce era un monstruo y Rebecca una mujer ciega e idiota que le protegía cegada por su condición de madre. Cuando murió en uno de sus arrebatos de violencia mientras trataba de escapar de aquel infierno de maltratos, el pequeño niño quedaría a merced de un padre más convencido que nunca de su personal verdad irrefutable. El mundo, al igual que Rebecca, sería engañado igualmente por la apariencia inocente de Bruce, y Brian sería encerrado en una institución psiquiátrica dejando suelto al “monstruo”. Aparentemente, Bruce Banner podría rehacer su vida, libre al fin de un padre violento que, lejos de ofrecerle el menor cariño, comprensión y ayuda, sólo le tenía como catarsis a su propia inutilidad como ser humano.
Bruce, a raíz de aquella dura infancia, se concentrará en sus estudios. De física, desde luego. Tanto sería el miedo que su padre le generara, aún cuando permaneciera apartado de él, que le fue imposible desligarse de su presencia, de desoír sus acusaciones, de impedir repetir su mismo camino. Su padre fue físico, y él también lo fue. Dentro de su propia timidez e introversión, destacaría en sus estudios primero y en sus investigaciones después, atrayendo la atención del alto mando militar que pronto encontraría un sentido práctico a sus conocimientos. El resultado: un prototipo de bomba, la Bomba Gamma. Aún con el eco lejano de Brian apegado a su piel, Bruce prepararía la prueba final en una zona desértica que le catapultaría a lo más alto en una de sus únicas pasiones que había conocido: la ciencia. Su segundo sueño tenía forma de preciosa mujer llamada Betty Ross, hija del coronel Thunder Ross, hombre de campo, aguerrido y con inquietantes semejanzas con su padre.
El momento que llevaba esperando años por fin estaba a punto de materializarse, pero el azar hizo que atisbara a un adolescente que había desafiado tanto los carteles de advertencia como las fanfarronadas de sus amigos. Preso del pánico, salió de su refugio para alcanzar al joven Rick Jones y arrastrar su cuerpo y su estupidez hasta un barranco cercano para ponerle a salvo. Tres segundos después, nada más que tres segundos, Bruce hubiera podido hacer lo mismo, pero el tiempo concluyó y la Bomba Gamma explotó.
Primero fluyó una onda sísmica que recorrería un largo perímetro en toda su extensión. Luego, llegaría el calor que abrasaría la piel y carne de su espalda hasta alcanzar cada nervio y célula de su cuerpo. Finalmente, el aire ácido de tonalidad verdosa encharcarían sus pulmones hasta casi asfixiarle y los ojos de Bruce Banner, por un instante, se tornarían del color esmeralda. Una vez más, como dijeran los médicos a Brian cuando aquel nació, Bruce parecía no haber sufrido daño alguno pese el accidente. Estaba sano, inmáculo. Por la noche llegarían las sorpresas.
El presagio de Brian, aquel delirio absurdo que aprisionase su consciencia por toda la vida, se haría realidad cuando surgiera un extraño ser de su propio cuerpo. En un primer momento sería en forma de criatura de gran tamaño, piel grisácea y carácter atrevido y chulesco. Por problemas puramente técnicos editoriales, Hulk, como sería bautizado, se tornaría más grande, verdoso y de mente podada hasta reducirle a un estado casi infantil.
Muchos años después, ¿qué queda de Bruce Banner, del auténtico Bruce Banner? Porque Bruce sentía pasión por la ciencia, por las investigaciones, por jugar con neutrinos y descubrir nuevas teorías sobre la radiación. Y, ¿cuándo se le vio por última vez en un laboratorio? Su carrera como científico quedó extinta.
Y su deseo de no estar tan terriblemente sólo, de recibir muestras de cariño de sus allegados y conocido, de escuchar aplausos y no golpes, de ser recibido y no rechazado, ¿dónde queda? ¿A quién puede llamar amigo?
En cuanto a su amor absoluto por aquella mujer hija de un estricto militar que le devolvía la mirada, la sonrisa, que no apartaba su mano de la suya, que le entendía, que le escuchaba, que no le juzgaba, ¿dónde está? Enterrada, porque Betty Ross murió.
Así pues, ¿con qué soñará Robert Bruce Banner? Cuando vemos las páginas que componen este tomo y encontramos esa mirada cargada de una tristeza absoluta tan bien dibujada por John Romita JR., ¿qué esconderían?
Como si fuera el personaje creado por James Matthew Barrie, Peter Pan, Bruce quisiera vivir en un mundo especial, mágico, donde nunca se creciese, donde no hubieran adultos y sus problemas reales. ¿Con qué soñará Bruce? Quizás con recuperar el cariño de su madre, siempre entregada, siempre acogedora; quizás con la aprobación de un padre cariñoso, educador, amable, aprobador; quizás con la compañía de sus amigos orgullosos de su amistad; quizás con una vida plácida, agradable, un poco rutinaria entre la Universidad y su hogar donde viviera feliz con su amada esposa Betty. Pero nada de eso puede tener. Nada.
Porque cada mañana, Bruce Banner despierta en un lugar distinto. En las noches frías escucha el incesante tintineo de un grifo que no se cierra salpicando una pila sucia; el roer de una pareja de ratas que se escabulle entre un sucio rincón lleno de basura; los gritos de alguna pareja que duerme en la habitación continua y que parecen a punto de matarse. Esa es la vida de Bruce Banner, el científico, el marido, el hijo del monstruo, vagando con una raída mochila que carga en sus espaldas, escondiéndose en las sombras y asustado ante cualquier ruido, ante cualquier persona, pero, sobre todo, ante él.
Hulk está siempre ahí, acompañándole, enquistado en su interior desde que las ondas de radiación mutaran cada célula de su cuerpo. No necesita verle, como tampoco le veremos propiamente en el primer número de este comic, pero igualmente le notamos. Nos acompaña en cada momento, visible en el rabillo del ojo, acechando, esperando el momento de aparecer para encontrar la forma, metódica y eficaz, de destruir lo poco que queda de la vida de Bruce Banner, si acaso alguna vez tuvo algo propio.
Su propio nombre, Bruce, parece un derivado del de su padre, del que tomó su inteligencia, su profesión y, quizás, su destino. Brian sufrió la violencia de su propio padre, como Bruce del suyo, creando así un círculo vicioso que parece regir las vidas de los Banner, siempre segando los sueños de quién se les acerca. Brian mataría a su esposa en un arrebato de locura, como Bruce haría lo mismo con su padre en el aniversario de Rebecca y, quizás, de un modo indirecto, también mataría tanto su matrimonio como a su propia esposa. Como se dijera antes, Bruce quiso alejarse tanto de Brian que pareció llegar al mismo punto de partida, imitándole por un lado y recuperando su rol de hijo maltratado cuando terminó tomando como suegro al malhumorado coronel Ross. Es como un círculo, y nadie parece escapar al mismo, pese ser de color verde. ¿De la esperanza? No lo creo, porque verde es el color del monstruo.
¿Y quién es el monstruo en esta historia? Porque desde un punto de vista psicológico, existe un síndrome llamado Trastorno Disociativo de Identidad, cuyo cambio de nombre respecto al conocido y polémico Trastorno de la Personalidad Múltiple pretende subrayar que el problema generado en una infancia marcada por abusos físicos no es la existencia de varias personas que comparten un cuerpo, sino a la incapacidad de integrar distintos aspectos de su personalidad en una única identidad compleja. Así pues, el retraído Bruce Banner, el fanfarrón Hulk gris, el infantil Hulk verde e, incluso, el Hulk inteligente, son todos ellos el mismo ser. Y eso significa, nada menos, que nunca existió otro ser, otra criatura sin nombre salvo un apodo fortuito al que achacar la responsabilidad de la destrucción absoluta que fue incapaz de alejarse de la sombra dibujada por un padre obsesionado con la mutación de su hijo hasta el punto de convertirle en su propio espejo.
Bruce Banner, finalmente, es un fugitivo de todos, especialmente de sí mismo. Puede correr, pero la sombra, verde, le persigue incansablemente. ¿A dónde podrá huir? ¿Qué refugio le queda? Sobre sus espaldas aún puede notar el sofocante calor que le abrasara años atrás en un desierto, el instante congelado en el que su propia bomba le alcanzara haciéndole ver lo atrapado que estaba en aquel círculo de violencia y destrucción. Hulk, que no es sino una faceta de él mismo, es un destructor nato y el más eficaz en lograr sus propósitos. Su espalda le arderá por siempre; su sombra cobrará tamaño y color eventualmente; su padre le acusará día tras día; y Hulk le acechará apenas relaje un instante los ojos para tomar esos sueños de felicidad y paz y así aplastarlos bajo el peso de sus titánicos puños. Por más que corra, y esto Bruce lo sabe perfectamente, el mundo no es sino una esfera, un número infinito de círculos en el que cuanto más se aleja uno, más cerca está de alcanzar el punto de partida. ¿Dónde queda espacio para los sueños del sencillo niño? Quizás en descubrir que hay algo suyo, propio. En no crecer más, porque cada año que transcurre es más y más lo que más odia y teme. En su fuero interno, Robert Bruce Banner quisiera ser como Peter Pan.
Lamentablemente, olvida algo. Y es que, ¿de qué color es el traje de Peter Pan?

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